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Un mundo sin fútbol: Gustavo Caicedo

Columna de opinión.
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Han pasado ya varias semanas desde que el fútbol se nos perdió en el horizonte de la tragedia. Los futboleros, huelga decirlo, jamás habíamos imaginado un mundo sin él, sin goles ni estadios, sin sus transmisiones ni sus emociones. Hemos buscado cobijo en películas independientes o en series aclamadas por la crítica, pero nada consigue remplazar el sentido que le hemos dado a nuestra frágil y efímera existencia humana a partir de la pelota.

Decía la vieja tata que el balón sucedería al hombre, pero que incluso a él le llegaría su tiempo; no se ha equivocado.  El fin de finales se anticipa hostil y mezquino. Encerrados, el mundo se nos ha vuelto plano, extraño y exótico. Asomados desde la ventana, hemos de intuir que afuera hay algo que antes era propio y que ahora se antoja extranjero.

Pese a estar conectados virtualmente con lo que ocurre afuera, sufrimos la más radical de las atomizaciones, el más cruel de los enajenamientos. Confinados, se nos ha extirpado uno de nuestros derechos más sagrados, el de ir a la cancha. Aturdidos, asistimos al último tiempo, que nos ha arrancado la humilde y cotidiana alegría de ver un partido con nuestra familia y nuestros amigos.

Aún con comida suficiente, un tercio de la población global muere de hambre. Aún en democracia, la mitad de las potencias occidentales mantienen tropas y guerras invasoras en otro tercio. Recién ahora nos avisan, en la mitad de una Copa Libertadores imperdible y ad portas de iniciar las Eliminatorias a Qatar, que el mundo está enfermo y que el final está cerca. Infantino, quien antes ha promovido temporadas de 200 partidos para los clubes y mundiales con 100 seleccionados, levanta justo ahora la bandera de la salud, pillo.

Mientras tanto los hinchas, hacinados en la tensa calma de una cuarentena que no promete salvación alguna, vemos como nuestros pequeños mundos se desmoronan. Aseguran los predicadores que todo se termina, pero las cuotas del crédito vencieron y cartera llama con total normalidad. Cuán ruin es este final, sin una bola que rueda pero con un interés que corre, el mundo lo heredarán los prestamistas, no los humildes.

Alfa y Omega, triunfo definitivo de una ciencia moderna – acaso la venganza de los inteligentes contra los felices – que sentencia, no sin soberbia, que el estado de sitio es la única solución, la final: “el confinamiento os hará libres”, reza. El apocalipsis se nos presenta como la obra máxima, la culminación del orden y la seguridad. Adentro, la humanidad no solo se priva del balompié, sino también de sí misma. Quien lo creyera, lo que no pudieron ni Hitler, en nombre de la raza, ni el Stalin, en nombre de la clase, lo ha conseguido la ciencia, en nombre de la salud: una dictadura global.

¡Parad, que todo se acaba! Y aquí seguimos, enfermos pero sanos, extrañando al fútbol.

Por: Gustavo Caicedo
Foto: Especial para SD
Twitter: @SemaforoDeporti

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