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La normalidad que nos queda por Juan David Arcos

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Aquí estoy una vez más frente al teclado meditando, levanto la mirada, veo a través de la ventana y ese muro rojo a medio pintar que separa mi casa de la bomba de gasolina, no evita que el pensamiento de los últimos días, horas y minutos vuelva a aparecer por mi mente. ¿Qué es la normalidad?.

Salir a la calle, abordar un servicio público para llegar al barrio Centenario, conversar con amigos y compañeros de trabajo, comprar un paquete de platanitos a la señora al frente de Bellas Artes que siempre saluda sonriente, volver a casa luego de una jornada de trabajo para caer inmerso en las redes del entretenimiento virtual, compartir chistes flojos, quejarme de las tonterias del día y revisar las decenas de chats por si queda algo de material utíl para el día siguiente. Todo esto antes de caer en la serie de turno de Netflix. ¿Esa es la normalidad?.

El Coronavirus o Covid-19 para los estudiados, es un virus que tomó por sorpresa nuestros cuerpos, pero sobre todo nuestras mentes, primero solo estaba en la China y en un abrir y cerrar de ojos estaba en todas partes como rezaba la frase de Todelar Radio años atrás.

El virus desnudó sistemas de salud a nivel mundial, desnudó egos y humanizó a la ya muchas veces deshumanizada raza humana, cortó infulas de superioridad y sentó en la misma mesa al presidente o primer ministro de una nación junto a esa bella ‘morocha’ que vende los platanitos fritos al frente de Bellas Artes.

El Coronavirus seguramente en algún momento se irá del mismo modo que llegó, en un parpadeo, aunque suene idílico a día de hoy, pero lo hará o eso esperamos, lo que me obliga a preguntarme en medio de la reflexión inicial, ¿qué nos dejará su paso?, más allá de pasar un par de semanas fuera de su alcance gracias a la cuarentena nacional. Lo que yo puedo llamar normalidad se puede referir a una rutina, o simplemente a mi forma de hacer o ver las cosas, todo en un comprimido de mis acciones y decisiones.

El encierro como cariñosamente me gusta llamarle a esta situación anormal pero necesaria por estos días, me permitió reconectarme con parte de mi familia que semanas atrás sabía que estaban bien por el chat de la ‘familia’ (valgase el meme), pero curiosamente por lo distante o cercano, nunca pasaba la idea de una llamada para cruzar palabra, algo tan simple como dar un abrazo o ver que tu familiar regresó bien tras una jornada de 12 horas de trabajo pueden aliviar el alma, acciones tan simples y humanas como cocinar juntos y compartir una comida que antes por la mesa no se asomaba, jugar un video juego o juego de mesa para probar las mieles de la victoria y la amargura de la derrota, corta pero efectiva para subir el animo aunque sea por unos minutos, hacer ejercicio en la terraza con el negro Fausto el instagramer, o incluso rezar juntos aprovechando la semana santa, son cosas que alimentan el espíritu en medio del aislamiento. Rompe la ‘normalidad’.

Mi normalidad quiza no era tan ‘normal’ como lo esperaba, como hombre de deporte me falta el mismo, hay un vacío importante, buscar los goles de Duvan, Morelos y Falcao en el exterior, ir al Pascual o el Coloso para comentar y disfrutar los goles de rojos y verdes, ver los partidos de Messi y Ronaldo, observar el torneo ATP de turno para disfrutar de su majestad Roger Federer, o esperar con emoción la gran cita cliclista para ver como le irá a los nuestros.

Todo ese espacio, siempre valioso, hoy lo han llenado experiencias que en el día a día aunque están a la mano, a una llamada, una palabra o una acción de distancia se hacen muchas veces invisibles e intangibles para nuestra mente y cuerpo, en su mayoría por acto de omisión.

Cierro el escrito sin tener aún la respuesta que lo inició, pero con la claridad de que cuando todo esto termine, no seré el mismo. Espero que el mundo tampoco.

Por: Juan David Arcos G.
Periodista El Corrillo de Mao / Twitter: @ArcosJD90

Foto: Especial para SD
Twitter: @SemaforoDeporti

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