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La décima por Gustavo Caicedo

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Décima

Ya está, lo volvimos a hacer, luego de más de seis años de incertidumbre deportiva, volvimos a dar la vuelta. Lo hicimos, como siempre, con nuestros fueros; dosis combinada de buen fútbol, solidez defensiva, talento canterano, algo de magia y otro tanto de jerarquía. Quedan, de mi parte, curadas las heridas de aquel título perdido aparatosamente en 2017, y, de paso, podemos dar por saldada la deuda de la final de 2003 contra el mismo rival. No hay plazo que no venza ni mora que no se pague. 

Lo logrado el miércoles en la noche es el cierre definitivo para un equipo que será recordado ya no solo por la gesta dorada, sino también por haber logrado, como hacía un lustro no pasaba, una conexión absoluta con la fanaticada verdiblanca. En la memoria colectiva del hincha quedarán para siempre los partidos contra el verde paisa, el penal no cobrado por Copa, las declaraciones de Rafa Dudamel que amalgamaron al grupo, la goleada con un hombre menos y la victoria en Medellín después de muchos años. Quedará también para el recuerdo el título conseguido contra un Tolima que siempre se nos presentaba agigantado.

La estrella, que hace apenas dos meses nos parecía a la mayoría de hinchas un sueño, comenzó a bordarse con decisiones clave de parte de los dirigentes. La acusada ausencia de gol y la reiterada debilidad en el ataque sufridas en las temporadas anteriores fueron inteligentemente resueltas con dos contrataciones de lujo: la de Harold Preciado, un canterano ya consagrado en el club desde campeonato de 2015, y la de Teófilo Gutiérrez, genio y figura multicampeona de talla mundial, fichajes a priori improbables, pero a la postre definitivos para ganar. 

A pesar del probado amor propio de Harold hacia el Cali, y el contexto profesional – suertudo esta vez para nosotros – de Teo, circunstancias que evidentemente jugaron a nuestro favor, es innegable que hubo un esfuerzo ejecutivo que nos hizo mejores dentro y fuera del campo. Además, y ante la ausencia de resultados positivos, cabe resaltar el carácter y la voluntad dirigenciales al asumir el riesgo de cambiar al cuerpo técnico con el torneo aún en curso. La llegada de un campeón azucarero de 1998 como Dudamel al banquillo nos trajo la seguridad, el reencuentro con nuestras formas y el liderazgo necesarios para triunfar. 

El camino le ha reafirmado al Comité Ejecutivo entrante los valores que nos ha hecho grandes desde antaño; el imperativo moral de apostar siempre por entrenadores nacidos o curtidos en nuestra casa – en últimas, es preferible equivocarse con lo propio –, la necesidad de acompañar – sin dejar de promover – el proyecto formativo con refuerzos que lo potencien en la cancha, la evidencia de que es mucho mejor contratar pocos jugadores de jerarquía, que muchos de poco peso específico, y, quizás lo más importante, la certeza de que siempre es mejor repatriar a un canterano exitoso, que apostar por jugadores desconocidos para la hinchada. 

Con todo, con su magia, sus altibajos y sus emociones, hemos logrado la esquiva estrella décima, quizás sea la más difícil, quizás sea la más recordada, quizás sea el principio de algo mejor. 

Escrito en la rivera del Meno

Gustavo Caicedo Hinojos 

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