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El Deportivo Cali a pesar de sí mismo, por Gustavo Caicedo

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Crudas y cosidas eran las bochas cuando con ellas señoreábamos por todos los campos, fieros eran nuestros jugadores cuando portaban nuestro manto, audaces también lo eran quienes surcaban en nuestro barco. Poco queda ya de aquella hidalguía; unas copas en la vitrina y ya sin mucho aroma, un café frío a media pocilla.

Todavía recuerdo cuando don Humberto le ofreció a mi familia participar del proyecto de palcos privados para fortalecer la construcción de un estadio propio a varias millas de casa. Para sueños la locura y para la locura, el fútbol. Profetizaba una eventual mudanza de nuestras sedes administrativa, formativa y deportiva bajo el abrigo de un hogar propio, la única casa propia para el único club deportivo del país, vaya tiempos.

Era la época de los títulos y las finales cada dos años, de las noches de Copa Libertadores, de la Amenaza Verde, de Bonilla y Viveros, de Betancourth y Candelo, de Dudamel y de Yepes. El siglo se cerraba y nuestra esperanza se abría hasta los confines de lo imposible. Habíamos pasado tantas crisis económicas y deportivas, décadas de mafias y amaños quedaban por fin atrás. Lejos se veía también la bancarrota que nos había obligado a rematar la sede del Limonar, había amanecido.

Pero sueño del Estadio no era una locura más. Pequeño quedaba el viento que nos llevó a apostar por la criticada y vapuleada sede de Pance, hoy lujosísimo sector, otrora monte de inhóspita geografía. En poco quedaba ya la venta de Valderrama que sirvió un puente sobre el río, el esfuerzo de un club centenario que se hizo a inmuebles para soportar sus gastos.

En el proyecto visionado por el presidente Arias siempre estuvo la idea de concentrar la administración, la composición social, la formación deportiva y el equipo profesional en una sola sede. Añoraba don Humberto, en aquellos años de sueños y atisbos, una Asociación poderosa que tomase la decisión, libre, democrática e inteligente, de proyectarse hacia una única sede.

No contaba en su momento con el abismo al que en el futuro nos llevarían. Ignoraba en aquel momento la seguidilla de eventos desafortunados, algunos, los más graves, premeditados, que nos dejarían esclavos de la insolvencia y la quiebra, empujados a llevarnos los pocos muebles que quedasen hacia Palmaseca, no por convicción, sino por una repentina jauría de infortunios.

Nunca imaginó don Humberto que la diáspora al Estadio sería descalza, desesperada y harapienta. Más preocupante que esta huida hacia adelante, es el hecho de que no asome ninguna solución a nuestro fútbol, que no se promueva un debate estratégico y serio sobre nuestro proyecto deportivo, en cuya ausencia nacen todos los males, incluido el patrimonial.

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Por: Redacción SD
Foto: Especial para SD
Twitter: @SemaforoDeporti

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